Historia en Fabúla

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Historia en Fabúla

Manojo, atado de ramas o de paja del guarani:
Capi: ramas, paja: Atá manojo, atado

José dejó el pueblo al salir el sol, no volvió la mirada porque la desesperanza tiene un horizonte mas amplio y lejano, la tierra roja hecha barro por la lluvia, agregó una suela más a las plantas descalzas y fue lo unico que trató de pagarlo a su tierra. Se fue porque pensaba que Capiatá no tenia porvenir, ni pasado, ni destino… no era más que una “escoba mal hecha”, “un puñado de paja”, una improvisación; tal como Capiatá, significa en su lengua materna.

En el pueblo de la ciudad, José esperó largo rato a ser llamado; otro obrero venido del chaco, torpe como él, fue increpado por el capataz::!por lo lerdo que eres, tienes un atado de paja en vez de sesos!!!,… pareces capiatá!..¿Vos, de donde sos? le ladró el capataz: José en su nerviosismo sólo dijo: ¡¡de más allasito de San Lorenzo!!. Julia llegó a la ciudad en el primero y unico micro del día, sólo llevaba hambre, ignorancia y deseos de hacer cualquier cosa, menos volver a Capiatá.

En el boliche, le indicaron donde necesitaban sirviente….La señora después de mirarla de arriba abajo, le ordeno servir mate, labor maquinal de Julia habia hecho de niña a su madre y a la abuela, sin embargo, deslumbrada por los lujos de la casa, el vestido y los modales de Ña Serafina, la puso torpe y botó el agua, salpicando los pies de su patrona… ¡¡torpe!!… pareces capiatá! ni siquieras alcanzas para typychá!!, ¿de donde vienes?, por instinto Julia dijo, ¡¡de más allasito de San Bernardino!!

El padre, “pa’í” José María, más cansado que viejo, más decepcionado que enfermo, llevaba en su joroba el desencanto de muchos años, mirando cómo en las misas las goteras del techo, aumentaban en proporción inversa a la asistencia de feligreses jóvenes. Del pórtico miraba languidecer el día, entre los árboles descuidados de la plaza, donde pastaban más vacas que paseantes, y las casas de los costados, con puertas desvencijadas, sin pintar desde muchos años, ni siquiera ya para celebrar el Día del Patrono de la ciudad.

Cuando caminaba por los corredores de la pequeña iglesia, leyendo el brevario, repasaba más las crecientes manchas de ladrillo rojizo, que las páginas del brevario mil veces leídas. Pensaba que también crecían como tumores malignos, los Comité de Adelanto de Capiatá. El uno presidido por el Escribano y su esposa Emilia, al que convenía no hacer nada que significara delimitar sitios o desempolvar escrituras de propiedades, pues habría perdido un tercio de las quintas del pueblo. El otro comité, presidido por el cacique político, sólo favorecía con trabajos en la estancia, según los votos que aportaran por familia.

Doña Silvia, esposa del hacendado, se rodeaba de otras damas “benefactoras”, que ayudaban sólo a aquellas mujeres modestas que podían aportar hijas a las cocinas o a las camas de sus hijos. El único acuerdo entre los Comité, era mantener las cosas como estaban, para tener mano de obra barata y al pueblo controlado.

Y siguieron huyendo. Josefa dijo que era “de cerquita de Itauguá”. Raúl, “venía del ladito de Areguá”, Rosa, “de itá”, más para el lado de Ypacaraí”, Pedro, apareció venido de “entre Itauguá y Aregúa”. Todos tenían en común la torpeza pueblerina, el ser comparados con, unos “atados de paja”, “¡¡Un capiatá!!” un dicho común y despectivo de los asunceños, que les empezó a doler como bofetada en las entrañas y les hizo ver por primera vez a su pueblo en la perspectiva de algo descarnado, sucio, despreciado.

Así, los emigrantes, sin saberlo claramente, se les fue desarrollando el instinto de decir “soy saliendo de…”, “de más allacito de…” y Capiatá se fue transformando en un ombligo impreciso, rodeado de pueblos que, curiosamente, producían sólo en sus cercanías, obreros y empleadas. El padre, “pa’í”, José María, murió una tarde tan muerta como todas las anteriores, junto con el último repique carraspiento de la campana, rota por la bala del cañón, allá por los tiempos de la gran Guerra. Capiatá sólo despertó por unos días de su letargo, tanto por los funerales del Pa’i, como por la interrogante del nuevo cura que llegaría un ¿cuando?. Interés que se fue diluyendo en las copas de caña, las siestas, el tereré de las mañanas y de las tardes, el sueño nocturno, las siestas y los pocos quehaceres del día, a cargo de las mujeres. Y así, sólo el calor y el tedio siguieron lenta y laboriosamente, cultivando el carcoma del pueblo.

Un sábado, junto con besar el anillo del Monseñor, el padre Renato, embotado por el calor y el viaje en barco, escucho un saludo, y entre sorbos de tereré un discurso, “Sobre los Designios del Señor, que habia llamado al santo padre José María a su lado y le enviaba al padre Renato a hacerse cargo de la parroquia de Capiatá, cuya primera misa, por la Gracia de Dios, ofrecería mañana mismo, domingo,” y con un “Ve con Dios hijo mío”; otra estirada de mano, un entre recibir el beso ritual el anillo y coger el tereré y el padre Renato se encontró esa misma tarde con su maleta más liviana que los recuerdos de su país vasco, desde la carretera hacia la iglesia, abriéndose paso entre el plomo fundido del aire y el sudor mercurial, cruzando un pueblo silencioso y vacío pero vigilante tras los visillos… Ramiro, el sacristán, que sólo era un amasijo andante de despojos liados por trapos y caña, saldo de la Guerra del Chaco, no habia terminado de repicar la campana, cuando el pueblo en masa ya llenaba la iglesia, e incluso la vereda y parte de la plaza… El padre “pa’í” Renato, en la prédica, con voz dura, les dio la bienvenida, les hizo notar que así como se presentaban bien arreglados para recibir al Señor, así debian presentarle su casa, su Iglesia que él, como Pastor, se encargaría de arreglar el corral de sus ovejas, y esa misma tarde, el pueblo sorprendido vio al pa’i Renato, sin sotana, arremangado y con la camisa abierta, encaramado en una escala, pintando la fachada de la iglesia.

Unas mujeres se fueron acercando; una, trajo más agua para la cal, la otra, una escoba, y todas miraron de reojo y sin pecado la piel blanquecina y la musculatura del joven pa’i. Llegaron dos viejos, con brochas, otro con una bolsa de yeso y esa tarde no hubo misa, pero los muros empezaron a cobrar vida. El pueblo se acostó tarde, los comentarios pasaron del boliche a la calle, de la calle por los patios, y en la semana, la iglesia lucía como orquidea en un basural.La epidemia de arreglos empezó por los contornos de la plaza, el escribano hizo repintar su puerta y fachada, pulió el bronce de su plancha, el dueño del copetín Flores, repintó el letrero, y Ña Sofia pintó de azul la fachada del almacén.

El uno sacó sus vacas de la plaza, el otro, arregló las árboles, el de más allá puso tablones en las bancas y la mancha de aseo y adornos fue invadiendo el pueblo, los Presidentes de Juntas de Adelanto, hicieron sus parte, diciendo en voz alta que ellos habían pedido al Monseñor que enviara al cura “pa’i” Renato y en el habían delegado las funciones de coordinar el ornato de Capiatá, fuera de eso, dieron gracias a Dios que el padre fuera cosechador de almas y no de votos.Ña Silvia, esposa del hacendado, invitó por primera vez, a sus amigas de Asunción, a celebrar su cumpleaños en su casa quinta, a una cuadra de la iglesia… En Asunción se supo que Capiatá era un pueblo muy acogedor, muy limpio, muy “de moda”, lo escuchó Julia, se lo contó a José y así el rumor se difundió y, cosa curiosa, las fábricas se fueron quedando sin obreros, las señoras sin empleadas.

Empezó un éxodo sin más explicaciones que una frase preñada de orgullo, lanzada a despedirse: ¡Me voy a mi pueblo! ¡Soy de Capiatá!…

Dr. Sergio Gacitúa Montecinos, Octubre 1996.

Siendo él ciudadano de la ciudad de Concepción-Chile. Este cuento obtuvo el Tercer premio del  Concurso de cuentos Colegio Médico de Chile en el año 1997.-

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